Escondida y discreta se balanceaba – y ese era el sentido de vivir segundo a segundo inhalando y expirando; no se respiraba todo lo que se tenía que respirar, no se vivía de una sola vez, el tiempo era lento, extraño al cuerpo, se vivía del tiempo.

Entró en el asilo de pobres a los ciento siete años. El tiempo fue pasando. Ella lo llenaba, al tiempo, viviendo. No tenía otra cosa que hacer. Y allá está todavía hoy – con ciento quince años. Cada vez más pequeña, cada vez más sucinta. Ciento quince son muchos años: “¿está seguro de que no se engaña o miente o ya no piensa bien?” pregunté. Mi interlocutor dijo que también tenía dudas al respecto, pero que le habían asegurado que, si bien no tenía documentos, era efectivamente así. Y una de las pruebas estaba en el hecho de la presencia, en ese mismo asilo, de un viejo de ochenta y dos años coterráneo de la viejita de ciento quince. Y que había sido amamantado por ella... La madre del viejito no tenía leche y él fue alimentado por la viejita, en aquel entonces plena y joven. Y allí, en el mismo asilo, está el amamantado que no me deja mentir.

El tiempo - Clarice Lispector - Cuenco de Plata

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Escondida y discreta se balanceaba – y ese era el sentido de vivir segundo a segundo inhalando y expirando; no se respiraba todo lo que se tenía que respirar, no se vivía de una sola vez, el tiempo era lento, extraño al cuerpo, se vivía del tiempo.

Entró en el asilo de pobres a los ciento siete años. El tiempo fue pasando. Ella lo llenaba, al tiempo, viviendo. No tenía otra cosa que hacer. Y allá está todavía hoy – con ciento quince años. Cada vez más pequeña, cada vez más sucinta. Ciento quince son muchos años: “¿está seguro de que no se engaña o miente o ya no piensa bien?” pregunté. Mi interlocutor dijo que también tenía dudas al respecto, pero que le habían asegurado que, si bien no tenía documentos, era efectivamente así. Y una de las pruebas estaba en el hecho de la presencia, en ese mismo asilo, de un viejo de ochenta y dos años coterráneo de la viejita de ciento quince. Y que había sido amamantado por ella... La madre del viejito no tenía leche y él fue alimentado por la viejita, en aquel entonces plena y joven. Y allí, en el mismo asilo, está el amamantado que no me deja mentir.