Aclara ciertas dudas, Entrevistas a Jorge Bonino - Tamara Kamenszain - Caballo Negro

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Jorge Bonino apareció sin previo aviso, en aquellos días de nuestra bombardeada adolescencia, singular, como un emisario de planetas lejanos que traía instrucciones precisas para el escape. Con la facilidad y la felicidad de aquellos que son protegidos cuidadosamente por dioses menores, Jorge nos introdujo en su danza ritual de libertad, algo que nunca habría de cesar en nuestras vidas. Con la certeza y el humor de quien habita universos paralelos y está acostumbrado al desasosiego de los primerizos, Jorge hacía un buen trabajo al aparentar que la supuesta cordura de los que lo rodean no es sino locura mal disimulada. Atraído por la luz como los bichos, Jorge aceptaba buenamente la pobreza espiritual de los que lo rodeaban, dejándolos participar por un momento en el opulento banquete luminoso de su alma. De tiempo en tiempo, con enorme compasión, tendía una mano a algún necesitado y con elegancia lo hacía subir a su nave interestelar, ya lanzada a una carrera más veloz que el pensamiento. El elegido era llevado entonces a través de la galaxia en un viaje que nunca olvidaría.
Pasaron los años. Yo vivía en otros países. Cuando murió, años después, en un alucinante refugio para la locura situado en Oliva, Córdoba, recuerdo que llamé desde Europa, acuciado por la certeza de que algo malo, irrecusable, había ocurrido. Y si, lo temido había ocurrido. Jorge había partido definitivamente hacia nuevos horizontes. La enfermera correntina que me lo comunicó no sabía que sus labios eran solo los portadores de un último mensaje de Jorge. Con lentitud provinciana la mujer me dijo: “El señor Bonino ha fallecido de UN INTENTO de suicidio...” Pude ver a Jorge sonriendo desde la portezuela de la nave, mientras me miraba y repetía: “Entendés, ¡de un INTENTO de suicidio¡ ¡No te olvides!” Yo, claro, nunca lo olvidé.

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