El modo cuidadoso y discreto en que la poesía de Diego Di Vincenzo se da implica una cierta distancia con el lector, un respeto a su inteligencia y a su capacidad de extrañarse. O, más que el de momentos, el registro de algunas palabras, las que a esa subjetividad le reclama lo que vivió o vive, como mensajes en botellas arrojadas al mar del existir. Me impresiona mucho hasta qué punto, en El latido de este mundo, encuentro una escritura que responde a la vida, que da cuenta de un estar concretamente en el mundo y nos propone eso, un estar en el mundo, en vez de concebirse como un sistema de señales para el campo literario. Y no porque falte elaboración literaria, sino porque la búsqueda de la palabra justa y la articulación de frases e imágenes se dan en función del tipo de experiencia que a nosotros, lectores, se nos propone: percibir, a través de la precisa música de una escritura atenta a los movimientos de la sensibilidad, el latido de este mundo, poner a trabajar nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad en lo que está dicho y lo que está callado y lo que quién sabe si está dicho en esas líneas que se suceden, en lo que de ellas sigue reverberando, porque algo tocaron que a uno le importa. Como para salir, por un rato, de la carrera tonta a la que algún tipo de programa nos condenó y hacernos cargo del mayor tesoro que, al fin y al cabo, nos fue dado, con la vida: la vida. Daniel Freidemberg

El latido de este mundo - Diego Di Vincenzo - Caleta Olivia

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El modo cuidadoso y discreto en que la poesía de Diego Di Vincenzo se da implica una cierta distancia con el lector, un respeto a su inteligencia y a su capacidad de extrañarse. O, más que el de momentos, el registro de algunas palabras, las que a esa subjetividad le reclama lo que vivió o vive, como mensajes en botellas arrojadas al mar del existir. Me impresiona mucho hasta qué punto, en El latido de este mundo, encuentro una escritura que responde a la vida, que da cuenta de un estar concretamente en el mundo y nos propone eso, un estar en el mundo, en vez de concebirse como un sistema de señales para el campo literario. Y no porque falte elaboración literaria, sino porque la búsqueda de la palabra justa y la articulación de frases e imágenes se dan en función del tipo de experiencia que a nosotros, lectores, se nos propone: percibir, a través de la precisa música de una escritura atenta a los movimientos de la sensibilidad, el latido de este mundo, poner a trabajar nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad en lo que está dicho y lo que está callado y lo que quién sabe si está dicho en esas líneas que se suceden, en lo que de ellas sigue reverberando, porque algo tocaron que a uno le importa. Como para salir, por un rato, de la carrera tonta a la que algún tipo de programa nos condenó y hacernos cargo del mayor tesoro que, al fin y al cabo, nos fue dado, con la vida: la vida. Daniel Freidemberg