Matate amor - Ariana Harwicz - Mardulce

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Cuando salgo retengo la visión de ellos acuclillados entre vasijas de anémonas. Esa calentura deben sentir las viejas de la región al entrar al sagrario”. Basta aislar dos oraciones cualquiera de Precoz (Mardulce), para que la lengua de Ariana Harwicz se exhiba en su radiante y desprolija obscenidad. Sintaxis, puntuación, semántica, gramática todos los síntomas y amarras del lenguaje son arrasados por esa lengua; por la lengua, en este caso, de una madre insaciable. Literalmente. No sólo no se sacia con ser madre, no se sacia de ser madre. Por eso acosa y persigue, abandona y olvida a su hijo (para recobrar y reencontrar: “el momento providencial de volverlo a ver”, escribe) todo el tiempo. ¿Drama psicológico? ¿Relato –como se decía en una época– de raigambre psicoanalítica? Nada de eso. Volvamos a la pista de las viejas, la calentura y el sagrario. En Precoz, Harwicz se aplica o se deja caer en una lengua en trance. Entre alucinada y mesiánica. La poesía de los místicos. San Juán o Santa Teresa sí, pero en el pagano éxtasis de Bernini.

Harwicz pertenece a esa especie (más que tradición) de escritores que sería injusto clasificar como narradores o poetas –ni que hablar de novelistas o prosistas–. Impropio sería también, para acercarse a su estilo, lo que se entendía por prosa poética (hoy poco menos que un sacón arrumbado). Los ejemplos concretos, enumerar su árbol genealógico, por fortuna releva la impotencia de la descripción. Voces como las de Zelarayán, Néstor Sánchez, Aurora Venturini y sobre todo El tapiz, de Mercedes Roffé, el Correas de Los jóvenes o el Gusmán de El frasquito (y más todavía, de sus variaciones inmediatas: Brillos, Cuerpo velado, En el corazón de junio). La escoltan pocas escrituras contemporáneas, pero clave: Luciana De Luca, Matías Alinovi. La escritura como un rezo, como un susurro trágico y voluptuoso.

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